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viernes, 21 de marzo de 2014

Fases de la post-gira

En otras ocasiones ya he hablado de la preparación de toda fan para un concierto o gira. Porque si alguien te dice que se va de gira, no pienses que va a tocar por el país o algo así, no. Podría llegar a decirse que una fan se va de gira cuando asistirá a varios conciertos del mismo tour, aunque no suele ser muy común, más que nada por el tema económico-laboral. Así que si alguien dice que se va de gira, seguramente vaya a una o dos fechas, y gracias.

Los oídos me pitan (sabía yo que delante del
altavoz no era bueno), pierdo equilibrio,
ergo me caigo.
Hoy me ha dado por pensar en ¿qué pasa después del último concierto del tour? No es el último de la gira del artista pero sí es el último al que asistirás. ¿Y qué es lo primero que me viene a la mente? La palabra D E P R E S I Ó N, así, en negrita, subrayado en amarillo, con luminosos de fila de hormigas rojas (si no tienes Windows 98 no las verás) y miles de iconos como el de la derecha.

Los que vayan de adultos, o lo sean de verdad, dirán "pues vaya tontería deprimirse por algo tan tonto". Pues sí, pero es lo que hay. Y al pensar en los momentos postconciertos, es inevitable compararlos con las llamadas "etapas de duelo".

1º Fase de negación
Llega el último tema, estás eufórica perdida, has perdido el chubasquero, unas gafas, y posiblemente la mochila. Te duelen las manos de tanto aplaudir, no sientes nada de rodillas para abajo y ya te da igual que se te cuele la italiana de atrás o que la inglesa borracha salte por encima tuya. Tú y tu amiga gritáis lo más alto posible sin daros cuenta de que no tenéis voz, así que os sale un graznido que ya quisiera Wilhelm. Pero da igual, porque el artista está en su apoteosis final preparado a la de unadostres-CHAS! Y desaparece tras la última reverencia aprovechando el ensimismamiento de algunas alucinando pepinillos con los fuegos artificiales. Recordemos: hemos pasado días a la interperie bajo sol, lluvia, y viento, comiendo basura, durmiendo poco y mal. Normal que flipemos con los fuegos artificiales como si fueran de los mejores que hayamos contemplado jamás. La banda, los únicos valientes mientras el o los cantantes abandonan el lugar en el auto, hace su final levantando la última ovación. Guitarras, baterías... Todo se mezcla y de pronto paran de tocar. El escenario se apaga, se encienden los focos del estadio, abren puertas de par en par, aparecen los equipos de limpieza... Y ahí empieza la negación.

¿Alguna vez habéis mirado las caras de los de atrás cuando termina el concierto? Supongo que es mirarte como en un espejo, porque seguro que tú tienes la misma cara de gilipollas integral, con sonrisa cual Joker: inerte, fija. Que acojona, vamos. Pero ahí estás, con tu sonrisa de psicópata, riéndote con tu amiga como si no se hubiera terminado, como si volvieras a ver todo el concierto pasar por tu mente. Vas camino al metro o bus o lo que te vaya a llevar a tu hotel y vais cantando (si a eso se le puede llamar cantar) los temas escuchados en el concierto. Os lanzáis sobre las camas y os ponéis a recordar las anécdotas, los mejores momentos, los gestos, los bailes, el error en tal o cual canción... Y no paráis de hablar. ¿Por qué? Porque en el momento que llegue ese silencio, os daréis cuenta de que el concierto forma ya parte del pasado.

2º Fase de ira
Vuelves a tu vida, a tu rutina, a tu casa con platos por fregar, a tu trabajo donde se te ha acumulado la faena... Miras a tu alrededor y todo te parece aburrido, tedioso. Hasta el clima, si es distinto, te cabrea. Las siguientes semanas al concierto estás arisca, saltas a la mínima, te enfadas por todo y en general tienes un humor de perros. No hay quien te soporte en esta etapa. Porque no puedes olvidar lo vivido, lo bien que te lo pasaste sin preocupaciones ni mayores responsabilidades, y lo comparas a la vida tan sosa que te toca vivir. La gente con los mismos temas de conversación, los mismos problemas de siempre... No te gusta, te dan rabietas, y todo, absolutamente todo, te molesta, y no hay nadie que pueda ayudarte a cambiar hasta que te da por pensar en "¿por qué no un concierto más?"

3º Fase de negociación
"¿Por qué no? Seguro que quedan entradas para alguno.", y te pones a mirar entradas, vuelos, mentalmente cuadras fechas, transbordos, dinero... Y cuando te topas con un obstáculo, tiras por otro lado, buscas la manera de encontrar otra forma de volver a vivir aquel magnífico último concierto. En esta etapa estamos un poco en plan yonki con el mono: "uno más y ya, sólo uno, ¡uno más!". Pero por más ofertas que busques, el muro es el mismo. Acabas de volver del viaje, no tienes un duro, no te quedan días de vacaciones y el tiempo corre a tu contra, la gira está llegando a su final y si al principio ya estaban agotadas las entradas ¿qué esperas encontrar ahora? La propia realidad es la que te dice "basta, ya has tenido suficiente".

4º Fase de depresión
La realidad te escupe el final. Se acabó la gira, ahora sí que sí, this is the end my friend. Y te deprimes, dejas rienda suelta a la melancolía y el único consuelo lo encuentras hablando con el resto de fans. Estás desanimada y no tienes ganas para nada ni para nadie que no comprenda tu tristeza. Escuchas en bucle el disco que se ha promocionado en la gira, da igual si te gustaba o no, ahora te encanta en cuanto que te recuerda a aquellos gloriosos días dorados. Y es que una vez pasado el tiempo, todos los recuerdos son buenos y bonitos, idílicos. Olvidamos lo malo, nos quedamos lo bueno, que es lo que añoramos y lo que nos produce un desasosiego tal que parece que nos falte el aire.

5º Fase de aceptación
La vida te obliga a seguir adelante, vas adaptándote de nuevo a tu vida y tu rutina, dejas que te animen, sales por ahí, ya te llaman la atención otras cosas que nada tienen que ver con la gira. Y justo entonces piensas "¿qué demonios?". Ya habrá más giras, tan sólo cabe esperar, pero mientras tanto, tu vida no está tan mal como la pintabas. Aceptas que aquel maravilloso concierto tuvo sus momentos buenos y sus momentos malos, y que tuviste la suerte de estar allí para vivirlo (¿cuántas de tus amigas o conocidas ni siquiera fueron?), pero ya forma parte de tu pasado, es otro bonito recuerdo que almacenar en tu memoria.


Imagino que gente no fan o que no conozca a fans todo esto le sonará absurdo y surrealista, que no digo que no lo sea, pero si no lo has visto o vivido es como si no existiera. Pero sí existe, algunas les pasa más grave que a otras, a otras apenas les pasa, pero suceder, sucede. Es puro drama, lo sé, pero luego lo ves con la imposible objetividad que te da el tiempo transcurrido, y dices: "pero qué bien nos lo pasamos".

viernes, 21 de febrero de 2014

Con-cierto ruido

El pasado verano llegó hasta mí el siguiente artículo y me hizo pensar acerca de las similitudes y diferencias entre los conciertos en España y en Reino Unido. Concretamente en los conciertos que tienen lugar en salas pequeñas. Tras años asistiendo a varias actuaciones en diferentes salas de conciertos, he llegado a la conclusión que la primera diferencia radica en el artista que se sube al escenario. Cada uno tiene sus propios seguidores, e incluso éstos van variando a lo largo de su carrera, y en función del tipo de público, te encuentras con gente más responsable y educada, o bien te topas con todo lo contrario.

Mucha gente dirá que es que no se puede ir a un concierto donde haya demasiadas adolescentes porque son las que peor se comportan. Estoy totalmente de acuerdo con ello, las hormonas adolescentes sacan todo lo malo de ellas, pero no se limita a esa edad. Más de una vez me he topado con mujeres de 30, o incluso 40 y pico, cuyo único desahogo en un concierto es gritar y soltarle barbaridades al pobre cantante, sin importar que ello interrumpa vergonzosamente la charla del artista.

Pero de igual manera que las adolescentes son en su mayoría muy molestas en un concierto, los adultos tampoco se libran. En conciertos normalmente acústicos se suelen oír las conversaciones como si estuvieras en el bar de la esquina, cosa bastante molesta para la gente que va a ver al artista, o incluso para el artista mismo, además de la tremenda falta de respeto hacia él y su trabajo. Nadie obliga a nadie a ir a un concierto, si vas es porque quieres, porque para eso has pagado la entrada. O quizás te la hayan regalado, o hayas sido arrastrado hasta allí, o quizás vayas a regañadientes porque te toque currar en esa actuación, pero ni siquiera en ese caso el cantante tiene la culpa. Demostrar que no te gusta su música charlando con quien te corresponda en la conversación es una gran falta de educación desde mi punto de vista.

También hay lugares en Reino Unido, como cafeterías o pequeños pubs donde tienen dos zonas: una que es la zona bar por decirlo así, y otra la zona de actuaciones en vivo. Está bien montado, de tal manera que si el concierto gratuito de esa tarde/noche no te mola, te vas a la barra y a la zona de mesas a hablar con tus amiguetes. Sería lo lógico en locales habilitados de tal manera, ¿no? Pues resulta que no, e ingleses que pasaban por allí, entran en la zona del concierto, y a la segunda canción ya tiene que mandar silencio el propio cantante. Vergonzoso. Y en cuanto en España, sería una buena idea tener locales dispuestos así, y ya hay alguno como Costello Club en Madrid, pero se repite lo mismo: gente en la zona que no corresponde hablando más alto que el artista cantando.

En el artículo se menciona la idea de cuanto más cara la entrada, menos público ruidoso. No había caído en ello hasta ahora, y es cierto en parte. Por un lado, cuando te cuesta más esfuerzo, económico o trabajoso (como escribir un mail para conciertos por invitación, no por venta de entradas), la gente es más respetuosa. En teatros, auditorios, estadios, donde la entrada suele ser de precio elevado, poco importa que andes hablando con el de al lado, pues la sonorización impide que tu voz se alce entre tantísima gente. Si además el grupo canta rock o algún tipo de música potente, parece que las voces pasan más desapercibidas, incluso en espacios pequeños.



Pero en mi caso, por muy "ruidosos" que sean, si alguien me da conversación en un concierto en un sitio pequeño, seguramente le mire feo. No mentiré, yo he hablado en conciertos, normalmente sobre la actuación (que si se ha equivocado de estrofa, que qué ha dicho, que si han cambiado el ritmo con respecto al disco...), pero si es un concierto acústico, en un sitio pequeño, recurro al móvil para comunicarme con alguien, en plan notitas que te pasabas en clase con tu compañero de pupitre. Pero en vez de pasar un trozo de papel, paso el móvil.

Sin embargo, en los conciertos que he ido a Reino Unido para ver a artistas con miles de seguidores, y cuyas entradas no bajan de 60€, el público permanece en silencio durante la canción, y aplauden y gritan cuando corresponde, y lo más importante para mí, escuchan al artista cuando habla. A mí me gusta eso, más que nada porque me cuesta entender lo que dice, y seguramente sea interesante para mí lo que vaya a anunciar. Algunos artistas prefieren el público español porque no hacen más que gritar y animar sin pausa, pero eso de gritar por gritar no va conmigo.

Pero en el mencionado artículo mezclan dos cosas que desde mi punto de vista nada tienen que ver. Además de la gente que habla sin cesar, están los smartphones y por tanto, las redes sociales. En ese aspecto soy más de la opinión de Guille Mostaza ("están comunicando a otra gente lo que está pasando en la actuación, cosa que suele pasar si lo están disfrutando."). No veo ningún problema en alguien usando su Smartphone, si bien como dice también Don The Tiger: "Hay gente que es especialista en que la vida les pase por delante y ni les roce.". Si vas a ver el concierto en todo momento a través de una pantalla, para eso tienes YouTube, pero tú mismo, tú te estás perdiendo lo mejor de la música en directo, que es el directo en sí.

Pero lo que yo no llego a entender es por qué tanta crítica al uso de los teléfonos alzados en conciertos. ¿Acaso nos hemos olvidado de aquellas pancartas que llevábamos en nuestra adolescencia fan y que impedían ver al de atrás? O las cámaras de fotos, no tan discretas como las actuales, y tan aparatosas que molestabas a los de tu alrededor mientras la sacabas, echabas las fotos y la volvías a guardar. O la típica chica de baja estatura aupada por su amigo el alto, con lo cual tenías ante ti un ser de casi 3 metros que no te dejaba ver ni la sombra del cantante.

Otra cosa son los que van y vienen, y no paran quietos durante el concierto, tomando fotos y notas de lo que observan, bloggeros y periodistas que más de una vez se han topado con alguien a quien no le ha sentado nada bien tanto movimiento y han generado, y volvemos al inicio, un ruido molesto y ajeno al concierto. Bloggeros y periodistas hay como en todo, de muchos tipos. Los hay que piden permiso, los hay que no. Bien por los primeros. Pero una cosa que echo en falta de los conciertos multitudinarios es esos fotógrafos a los que les ceden un pequeño espacio entre escenario y público para poder sacar todas las fotografías que quieran y puedan  moverse con soltura durante sólo los 2 primeros temas. Sí, suelen jorobar a los de la primera fila, pero sólo son unos minutos. No es lo mismo que estar yendo y viniendo durante la hora y media/dos horas que dure la actuación.

Pero oye, que de igual manera que está establecido que en los conciertos de estadios está prohibida la reproducción fotográfica o de vídeo (es decir, prohibidas las cámaras) yo no veo mal que quieran prohibir los móviles. De hecho, si lo que molesta es que publiquen en las redes sociales que están viendo a tal o cual artista, que pongan un inhibidor de frecuencias. Si tan sólo prohíben, me joderá no poder hacer fotos para recordar el concierto, ya sea con cámara o móvil, pero si prohíben algo, que lo hagan de verdad. Es decir, que prohíban las cámaras y no los móviles, o viceversa, no me parece bien, menos si no ponen medios ni órdenes estrictas. Eso de prohibir cámaras profesionales pero no de bolsillo o smartphones que tienen casi mayor resolución que una profesional, no lo veo lógico. De igual manera no veo justo que prohíban coger fotos y luego una vez dentro todo el mundo las haga y los de seguridad no hagan nada para evitarlo. De hecho, de todos los conciertos a los que he ido, sólo hay dos en los que realmente se preocuparon de que nadie hiciera fotos ni vídeos: uno, el de James Blunt en un teatro en Málaga, y otro de Take That en Londres en un estadio.

En resumen, todo se reduce a lo mismo: la cultura y el respeto. De qué vale quejarse de gente que te molesta en un concierto si no les llamas la atención. O si estás más pendiente de dónde publica el de al lado, si en FourSquare o en Twitter, que del concierto. El artista lo podrá hacer mejor o peor, pero se merece cierto respeto, y si no te gusta, ya sabes dónde está la salida.


lunes, 25 de noviembre de 2013

Una canción

Una canción puede ser un éxito, un hit, un temazo, temón, etc. Hay canciones para reír, para llorar, para ser feliz, para estar de bajón, para concentrarse, para bailar, para dormir, para no dormir, para enamorar, para odiar, para pensar...

Clock Face es una de "mis" canciones, es el ejemplo más claro de la canción correcta en el momento oportuno. Llegó a mí por azar, un desconocido de una discográfica la repartía a la salida de un concierto en Barcelona. Casi no fui a ese concierto por no tener quién me llevara, pero el destino se puso de mi parte, o más bien mi padre quien debió pensar que ya tenía edad para irme de concierto a otra ciudad.

Aquella época no era mi mejor momento, estaba perdida, me había dado de bruces con la realidad y mis ilusiones de tener un título universitario se habían evaporado con amargor, primero con el periodismo que no pude estudiar y luego con Filología del que estudié un par de años. Pero ése era "mi plan": estudiar y luego marcharme de Alicante. Y no había plan b, ya no sabía qué hacer con mi vida.


Aquel concierto de un grupo que empezaba, Keane, fue ya de por sí distinto. Conocer a los mismísimos cantantes era un privilegio para unos pocos en aquel entonces. Que yo fuera sola al concierto era otra nueva cosa a vivir. Muchas experiencias nuevas y gratificantes en una misma noche. Y con mi sonrisa de idiota-postconcierto alguien con una camiseta donde se leía "Sinnamon Records" me paró y me dio un single, en cuya portada se podía ver un molino y un campo a contraluz. Se llamaban Budapest. Jamás había oído hablar de ellos. Mi padre me recogió según lo acordado, y al montarnos en el coche, lo primero que hice fue poner el cd. Empezaba suave pero luego adquiría tal ritmo que me cautivó. Y atravesar Barcelona de noche, desierta a aquellas horas, con esa banda sonora de fondo, es uno de los mejores recuerdos que tengo.

Lo poco que entendí de la letra aquella misma noche me caló, era imposible no identificarme con lineas como “if I don't know then who else will” o “please be a phase that's all”. Más tarde, el propio cantante explicó el mensaje de la canción: trata sobre lo que nos está establecido por la sociedad, la moral o lo que sea. Todo el mundo tiene la idea implantada de que lo que hay que hacer en la vida al llegar a cierta edad es estudiar para tener un buen trabajo, casarse, tener familia, (“if I don't hear then I'll assume that everybody's singing the same old tune”) y el conflicto, las dudas, la presión que supone cuando tus deseos son otros (“is it the time to draw a line?”/“it doesn't feel natural feels too slow”/“it feels so wrong the pressure's on, I can't ignore it any longer”). La canción trata de negarse en rotundo a seguir el plan establecido (“I spike myself, I kick and scream”/“I will not learn the words”), a hacer lo que uno crea conveniente con su propio tiempo de vida (“I turn my clock to face against the wall”).

La canción no cambió mi vida, pero me ayudó a verla desde otra perspectiva. Si la Universidad y el plan no habían salido bien, es que no eran para mí. Al tiempo de empezar a convertirme en una seguidora de Budapest, dejé la universidad mientras seguía trabajando de niñera, ahorrando dinero básicamente para música, en concreto, para posibles conciertos de Budapest, aunque luego me lo gasté casi todo en "mi primera" gira. Mi cantante favorito de la adolescencia iba a pasar por mi país después de 9 años con sólo dos fechas, y no me lo pensé. Me iba a Barcelona y luego a Madrid. Mi primer viaje por mi cuenta, y con escala. Acojonada se quedaba corto, pero las ganas de cumplir mi sueño y el saber que esa oportunidad no volvería podían con todo. Fue un viaje que jamás olvidaré, por la gente que conocí, lo mucho que pude aprender a desenvolverme y en el que me di cuenta de cómo un simple concierto me hacía tan sumamente feliz.

Pero para seguir yendo a conciertos y viajar necesitaba dinero, más de lo que ganaba, así que necesitaba tener algunos estudios para conseguir un trabajo estable, y siguiendo el consejo de mi madre me metí a estudiar un ciclo de formación profesional de Secretariado Internacional. Tenía dos idiomas, informática y era corto. Perfecto. Parecía que las cosas se iban aclarando, no sabía a qué dedicarme pero quería ir a conciertos, y así lo conseguí.

Un par de años después ya había estado en Barcelona, Madrid, Málaga, Zurich, Manchester y Londres en varias ocasiones, y todo por conciertos. Y todo comenzó por aquella canción que me dio fuerzas a seguir intentando buscar mi camino. No sé si será el correcto, pero me gusta y soy feliz así. Porque un concierto no es sólo ver a alguien cantando y bailando, es la gente que conoces, fijarte en cómo está organizado el espectáculo, las diferentes salas o estadios y la diferencia de sonido entre ellas, las charlas con las bandas, la gente entregándose a la música como si no hubiera mañana, los comentarios e intercambios de opiniones sobre lo bien o lo mal que ha estado... Cada concierto es un mundo, una experiencia única e irrepetible.

Ahora cada vez que escucho Clock Face me hace pensar en lo lejos que he llegado, en los sueños que he cumplido, y que por muy perdidos que estemos, siempre hay que hacer cosas que nos hagan felices, fuera de clasicismos e ideas preconcebidas.

....only my expectant eyes looking for diamonds in the sky, the only one looking for this prize....

miércoles, 5 de junio de 2013

¿Otra vez?

En época de tour de mis cantantes favoritos, algunas de las preguntas que más me suelen hacer, siempre vienen provocadas por frases como "me voy a ver a Mark" o "tengo entradas para Londres y para Manchester". Y las preguntas siempre son las mismas: "¿Otra vez a Mark?" o "¿Vas a ver el mismo concierto dos veces?". Preguntas que suelen hacer los no fans, e incluso algún aficionado a la música en rara ocasión. Y no creo que sea la única persona a la que formulan estas cuestiones cada vez que anuncia que se va de concierto.

En cuanto a la primera pregunta, no importa que sea Mark Owen, John Garrison o Reikiavik. De hecho la última vez que me preguntaron fue "¿Otra vez vas a ver a los Reikiavik ésos?". Pues sí, y las veces que pueda permitírmelo y que me dé la gana, es lo que te dan ganas de decir tras tantos años aguantando el "¿Otra vez?", sobre todo cuando lo dicen en ese tono cansino y a veces incluso despectivo. Concretamente en aquel caso la distancia en tiempo entre ambos conciertos fue una semana. Pero ahora con la gira de Mark, ansío que alguien me pregunte si OTRA VEZ me voy a ver a Mark. Ya tengo asumido que la gente no tiene en cuenta cuánto tiempo ha transcurrido desde la última vez que le vi encima de un escenario (mayo 2011) ni mucho menos que distinga Mark de Take That (en julio 2005 fue su última gira en solitario,hace 8 años!!!!). Pero esa información es inútil para quien pregunta (como es lógico), así que ahorro saliva y me limitaré al "Sí, otra vez :) ".

Por otro lado, ¿hay algún problema en ver el mismo concierto dos veces? Ok, admito válidas las opiniones de derroche de dinero, pero es que NO es el MISMO concierto. Empezando por si es un artista al que nunca has visto en vivo, no puedes hacerte una opinión firme basada en una sola actuación. Si el cantante ese día tiene mala suerte y hace una actuación penosa,no volverás a verle en directo, irás comentando lo mal que canta y no sabrás si es realmente así o es un buen artista con un mal día.

Por otro lado algunas giras de artistas de renombre y gran popularidad suelen ser todos los conciertos igual, pues están organizados bajo un estricto guión difícil de saltarse. Pero como espectador ante un gran espectáculo no puedes estar atento a todo, y la oportunidad de ver el mismo show dos veces te permite percatarte de cosas que te habías perdido. Y en cuanto a lo del guión, siempre hay alguna excepción, por ejemplo cuando me entero que mi grupo favorito cambió gran parte del setlist (lista de canciones) a mitad de la última gira, con lo que los primeros conciertos NO fueron idénticos a los últimos...

Y si ya hablamos de artistas con menos renombre, ahí sí que no son conciertos iguales ni de coña. Y eso me encanta, porque nunca sabes qué te puedes esperar. Empezando por la distinción entre conciertos acústicos y eléctricos en los que el setlist cambia por completo. No es lo mismo un concierto con toda clase de instrumentos musicales que hacer uno menos "ruidoso" y tener que limitarse a un número determinado de instrumentos.

Y está el hecho que los conciertos, cuanto menos multitudinarios, más especiales son, los artistas suelen relacionarse más con el público, improvisan temas, y los fallos técnicos, más comunes en locales pequeños, siempre son una buena anécdota y motivo para hacer un chiste en mitad de la actuación. Cosas que suceden al azar, al contrario que en conciertos en estadios donde todo está medido al milímetro y cualquier fallo está mal visto.

Por poner ejemplos que he visto y vivido: Mark Owen se resbaló en mitad de una canción cuando cantó con Take That en el estadio de Sunderland (Newcastle), y se limitó a reírse con el resto pero la actuación siguió como si nada. Entre canción y canción, ni se mencionó. Sin embargo, en un concierto de John uno de sus pedales quedó enganchado, sonando aún cuando la canción había terminado, y recuerdo a John haciendo el payaso pisoteando (en broma) el pedal y haciendo chistes sobre él el resto del concierto. O como cuando en un concierto de lo que iba a ser media hora terminó siendo casi una hora más al unirse amigos suyos espontáneos para hacer versiones de canciones de otros grupos. Esto último sucedió en Leamington (UK) pero yo me lo perdí porque ya había ido a verle a Londres. Y no ha vuelto a hacerlo nunca más.

Así que sí, me gusta ir a más de un concierto del mismo grupo. No espero que la gente lo llegue a entender, no voy a soltar todo ésto cada vez que me digan que tiro el dinero por ver al mismo artista en diferentes ciudades, pero seguiré haciéndolo mientras pueda. Los conciertos no me dan de comer pero me hacen la más feliz.

Ah, y por cierto, en una semana voy a ver a Mark Owen en Inglaterra. Dos veces. :)

miércoles, 10 de abril de 2013

Día de concierto - 2


 Queda una hora para la apertura de puertas.


Gente en pie, carcajadas de puro nervio, empujones cada vez menos sutiles. Empiezan a formarse cadenas humanas en plan barrera contra las que quieren adelantar. Te aferras entre dos amigas de tu grupo y os intercambiáis miradas alentadoras que os valentonen contra lo que se avecina.

Si ya habéis estado en un concierto de este estilo, ya sabéis a qué me refiero. Se abrirán las puertas, seguratas dando voces y bloqueando el paso, intentando imponerse en vano. Detrás tuya el gentío empujando como si hubiera un incendio, mientras intentas no perder el equilibrio por los escalones ni perder de vista a tu grupo. Como la integridad de una es lo primero, te fijas en los escalones y para cuando llegas a la pista, tus amigas se han evaporado. Tan sólo vez a gente corriendo, y tú corriendo con ellos. Esquivando a los de seguridad como si fuera un partido de rugby, te aceleras al ver a tu amiga gritando tu nombre (grito desgarrador donde los haya), aferrada a una valla, saludándote con una mano sin quitar ojo al de al lado no vaya a ser que se aproveche. Corres junto a ella, pasáis lista, lamentáis las bajas en vuestro grupo, pero a veces hay que perder para ganar. Intentáis localizarlas, os alegráis cuando las veis en otro trozo de valla. Lo habéis conseguido. Ahora tan sólo queda aguantar así unas... ¿3 horas? Porque entre que la gente entre, se coloque, publicidad por allí, publicidad por allá, que si un telonero, que si otro, ¡(e incluso un tercero!), más otra pausa la leche de larga antes del artista principal. Para entonces ha vuelto a suceder lo mismo que afuera: de tener una explanada donde poder sentarte e incluso recostarte, acabas encajonada casi de perfil entre tu amiga y una desconocida que te clava el codo en las costillas. No siempre a propósito. Pero la mayoría de los casos sí.

Y lo peor está por venir. El momento de la salida (triunfal o cutre salchichera, depende del artista y de la gira) provoca un efecto automático en toda la peña que tienes detrás. Se abalanzan hacia delante como si el escenario principal estuviera a 2 metros en vez de a 200. Desde mi propia experiencia, diré que esto suele suceder en un 95% de los casos en España y el 5% restante en Reino Unido. Spain is different. Me río cuando el artista jovencillo de turno dice que las fans españolas son muy pasionales, forma educada de decir: sabemos lo que hacéis y que estáis dispuestas a matar por una primera fila, y eso acojona. ¡Haber cogido susto, chatos!




Cuando los ves salir, ya te metes en otro mundo, donde cualquiera que ose romper esa burbuja, sea amiga o no, puede ser decapitada de un mordisco. En un primer momento no te crees que sean de carne y hueso, y que los tienes ahí enfrente. A 200 metros, pero ahí, respirando el aire que respiras (o al menos intentas). Luego ya ves más allá: ves a los bailarines, la decoración, la ropa que llevan, los efectos especiales,... Y empiezas a echar fotos a mansalva, como si no hubiera mañana. Fotos a 200 metros con cámara digital de zoom más bien penoso. Ahora en frío es cuando dices: es una tontería hacer fotos, no van a salir con esas condiciones. Pero te digo yo que con toda la emoción te olvidas de hasta cómo se hacen las fotos, y luego al verlas verás un pie de alguien que no sabes si es del técnico que pasaba por ahí o de tu artista. Sin embargo, cuando ya se es un poco más mayor, el primer subidón sigue estando ahí pero es más corto, y en plan maruja total continúas con tu amiga hablando de tal o cual bailarín, o el favorcillo que le haríais al técnico mientras no le quitas ojo al artista que está con la típica charla de bienvenida (gracias por venir, sois el mejor público, bla, bla, bla...).

Después, pues lo normal, el grupo de turno empieza con las canciones de su último álbum, empolladas por ti con ahínco para destrozarlas, pero bueno, entre más de 5.000 espectadores desafinando, al final parece que suena bien y todo. Luego están las canciones de los primeros discos o las clásicas y más significativas, donde las que más se emocionan suelen ser las que siguen a la banda desde más atrás en el tiempo. Y para terminar, una canción que supone, a veces, el apoteosis de todo el evento.




Y en cuanto te descuidas, te das cuenta, c'est fini! Se acabó. Te quedas con cara de tonta y sonrisa de gilipollas como cuando te despiertas al caer de la cama tras un sueño idílico. Lo normal tras tremenda guerra que supone acudir a un concierto de estas dimensiones y características, es caer en coma en la primera cosa donde te acurruques, sea un coche, una colchoneta o una cama. Lo que sea, cualquier cosa te sirve para dormir.

sábado, 17 de marzo de 2012

Día de concierto - 1



Llegó el gran día. No importa dónde, ni cómo, ni siquiera si has dormido la última noche. Hoy sólo existe una palabra, una idea, un concepto, un tema de conversación, un sueño: el concierto. No crees que haya llegado el día, si hace apenas unos meses andabas de un lado para otro buscando vuelos, descargando planos, y gastándote una millonada en teléfono móvil.

Pero ha llegado. Hoy es el gran día. Tienes lo imprescindible: algo de beber y algo de picar para las largas horas de espera en cola, unas cuantas capas de ropa si es invierno, el dinero, el móvil, la entrada, importantísima, el billete de vuelta al hotel, y la cámara de fotos para inmortalizar cada momento, y el escondite donde la vas a meter para cuando abran las puertas. Está todo planeado. Quedan 10 horas para la apertura de puertas.


Pero lo más importante, la entrada. Es lo primero que confirmas que está dentro de tu bolso, y que revisas cada cinco minutos no vaya a ser que le salgan patitas y prefiera irse de turismo a estar en el concierto. Y revisas la hora de apertura de puertas, y miras tu reloj, y observas cada movimiento de los guardias que empiezan a multiplicarse, y la gente de tu alrededor que comienza a armar escándalo, y estás atenta a los rumores sobre avistamientos de monovolúmenes con cristales tintados (“¿Serán ellos?”, “Los han visto en tal sitio”, “Ya han salido del hotel”, “¡Ya están ensayando!”), y algo se palpa en el ambiente. Cada vez más tensión, cada vez más risas nerviosas, más miradas con mensajes ocultos, más movimientos sospechosos de los de seguridad y de la tía que se te intenta colar, y gente que se levante y echa a correr en dirección a la parte trasera del recinto, y móviles sonando por doquier, y el pesado que hace reventa, y las que retocan a última hora la pancarta a todo correr. Puro estrés. Y quedan 5 horas para la apertura de puertas.

Las piernas te duelen, tienes el trasero plano de estar tanto tiempo sentada, el calor del sol es asfixiante, y la cabeza te marcha a mil por hora. Decides levantarte y dar una vuelta con alguien, para ver los alrededores y estirar las piernas. Y para probar a ver si suena la flauta y los ves. Obviamente no lo dices, pero lo piensas. Ahí vas tú, armada con tu cámara, haciendo fotos de todo por puro aburrimiento. Haces fotos al estadio desde todos los ángulos posibles, haces fotos a esa columna extraña cuya función no consigues ni imaginar, haces fotos a las piedras, a las flores, a tu acompañante haciendo el ganso, autofotos haciendo el ganso también, fotos de los dos haciendo el ganso al mismo tiempo, a la posible entrada por la que ha pasado o pasará la banda, a los camiones que traen y montan el escenario, al macizo que descarga cosas de él, a la posible puerta por la que te dan ganas de colarte, a esa misteriosa furgoneta oscura con cristales tintados… Y aún quedan 4 horas para la apertura de puertas.


 Vuelves a tu sitio, percatándote de que la gente ha empezado a levantarse. No hay nada que indique que vayan a prepararnos para entrar. Como siempre, te pones en lo peor. De pie lo tienen más fácil para colarse, seguro que es eso. Así que corres rauda a tu sitio, ese hueco que tenías para sentarte con las piernas estiradas y medio recostada ahora se ha convertido en un metro por un metro donde malamente te sientas con las piernas encogidas. Resoplas. La gente que está de pie a tu alrededor te da sombra, pero al estar más cerca, te da más calor, y eso si tienes la suerte de que no te pisen. Total, tú también acabas poniéndote de pie. Observas tu reloj, por si posees un poder oculto de telequinesis para que las agujas se muevan más rápido. Relees la entrada, por si acaso la entrada, como ente vivo que es, ha cambiado la hora de apertura. Te entretienes con el logo que brilla en un color u otro según le dé el sol, criticas el diseño del trozo de papel para bien o para mal, tu grupo y tú habláis sobre las diferencias entre las entradas o exponéis vuestras teorías sobre esos números extraños que hay en los laterales de las mismas, evitáis a toda costa prestar atención a las anotaciones agoreras que hay en la parte trasera del papel, no vaya a ser que se gafe el concierto. Se acaba todo el entretenimiento que se os ocurre. Y quedan 2 horas para la apertura de puertas.

Unos ruidos metálicos provocan un silencio que dura un segundo, seguido de un alboroto generalizado. Las miradas severas de los seguratas intentan convencer de que más vale no darles problemas. Pobres ingenuos. No saben lo que les espera. Recoges todo corriendo, colocas la cámara de fotos en su escondite por si las moscas, agarras bien fuerte tu entrada y empiezas a sacar los dientes a cualquiera que haga movimientos sospechosos contra ti o contra alguno de tus acompañantes. Comienzas a ponerte en posición, planeas la estrategia de entrada al estadio al milímetro como si estuvieras en la III Guerra Mundial, todo tu grupo tiene que llegar a primera fila sin desintegrarse. Si no es el primero al que vas, sabes que es una tarea muy difícil, pero no imposible. Dais las últimas instrucciones: "cuidado con los escalones", "no os separéis", "agarraos bien y expandiros todo lo que podáis en la valla" y demás señas. Los seguratas han terminado de poner las vallas y de intentar formar filas para facilitar la entrada. Y queda una hora para la apertura...